jueves, 13 de mayo de 2010

Espacio para no olvidar



Volví hace una semana a Bogotá y me la encontré con sus paredes llenas de los afiches que usaron en su momento las campañas de Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo Ossa.

Varios sentimientos se me mezclan al verlas, tristeza por lo que pudo ser y no fue, rabia por la impunidad, curiosidad por saber quién está detrás de ésto y finalmente gratitud para esos que lo hacen. Hoy después de 20 años no se olvida.



miércoles, 24 de marzo de 2010

Otras Historias

Hace unos días llegué a Bogotá y siento que estoy en un país diferente a aquel en el que estuve el último mes: el sur del Tolima.

Por esos lados nacieron las FARC y aún hoy la guerrilla tiene el control de esta región. Me decían algunas personas que desde que Uribe es presidente hay más presencia del ejército en los cascos urbanos, pero que desde el monte la guerrilla es la que realmente domina la zona. Ellos saben todo lo que pasa. "Por aquí no hay ladrones, ni viciosos, ya los mataron a todos" , me dijo un señor en un tono que no me dejó saber si era en broma o en serio.

La gente vive con miedo, pero es un miedo al que ya están acostumbrados, saben qué hacer y qué no hacer. En las zonas rurales no se puede mostrar ninguna deferencia con el ejército nacional, saludar, ofrecer un jugo, vender un almuerzo porque inmediatamente la guerrilla puede acusar de ser colaborador del ejército. Pero más cerca de los pueblos la fidelidad al ejército se tiene que demostrar a pesar del acoso de la guerrilla. Conocí a una familia a la que por 4 años tanto un bando como el otro acusaban de ser aliados del enemigo, porque en alguna ocasión miembros de los ejércitos pasaron por allí pidiendo comida. Finalmente uno de los bandos asesinó al padre del hogar. También escuché la historia de una mujer que está totalmente enamorada de un soldado, pero no puede contarle a nadie de su amor porque sabe que su vida estaría en peligro.

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Llego a un salón de preescolar en la escuela del pueblo, es un salón como el de cualquier otra escuela, carteles de colores pegados en las paredes, el tablero en otra, juquetes acomodados en un mueble en una esquina, pero de pronto empiezo a notar grandes huecos en el techo. Le pregunto a la profesora qué pasó y me dice que son producto de las balaceras, "sí porque el ejército se hace aquí abajito para atacar a la guerrilla, entonces a nosotros nos llegan las ráfagas"... esas ráfagas han dejado huecos que 10 cm de diámetro... Pero ella me lo dice sin el menor cambio en su voz, sin siquiera fruncir el ceño. Le pregunto cuándo fue la última balacera y me dice que no hace mucho, que ya no se acuerda exáctamente cuándo fue porque "¡como hay tantas!", pero eso sí se acuerda que hace 15 días hubo una masacre allí cerquita de la escuela, "llegaron a una casa y mataron a toda una familia".

El coordinador de un colegio me cuenta que los niños están tan acostumbrados que ya no le tienen miedo a esos enfrentamientos, que por el contrario, cuando hay balacera los profesores se tienen que poner atentos a no dejar que se escapen del colegio "porque a los niños lo que les gusta es ir a ver la accción desde bien cerquita".

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Hablando con el alcalde de un pueblo, un señor que me dio la impresión de ser muy honesto y de haber llegado hasta allí por la sincera voluntad de ayudar, me contaba que él no puede salir de la zona urbana a menos que sea en helicóptero. El año pasado llegó al pueblo el Señor presidente a uno de sus consejos comunitarios y desde allí el alcalde es visto como partidario del gobierno y por ende enemigo de la guerrilla. Me contó que el año pasado salió del país por unos días y allí caminando por unas montañas parecidas a las de su pueblo volvió a sentir la libertad.

Cada vez que salgo de Bogotá siento que vivo en una burbuja. Esta vez salí para encontrarme de frente con la violencia, con el absurdo. Pero también descubrí la belleza de seres humanos que a pesar de las condiciones en las que viven, sonríen, perdonan y siguen intentando construir un camino diferente.

viernes, 22 de enero de 2010

Contradicciones

Tengo una rara sensación con la solidaridad de los colombianos frente al terremoto de Haití. Todos los noticieros muestran las instalaciones de la Cruz Roja desbordándose de mercados donados. Hay puntos de acopio en toda la ciudad, algunas barras bravas de los equipos de fútbol decidieron dejar de gritar y pelearse por un momento y dedicarse a recolectar comida. Gente llega con carros llenos de comida desde el llano, el valle, la costa. Incluso los presos de no recuerdo qué cárcel decidieron también hacer su propia campaña de ayuda. Al tercer día del terremoto yo misma quise salir a recaudar cosas en mi barrio, hasta que la administradora del conjunto me lo prohibió argumentando que si se hacía tal campaña no debería obedecer a mi iniciativa particular sino a una acción programada desde la administración, la cual, por supuesto, nunca organizó.

Según las últimas noticias que leí , a nivel nacional iban recaudadas ciento noventa y tantas toneladas de comida, ropa y enseres y un millón de dólares. ¡Es maravilloso! Pero no puedo dejar de pensar, ¿por qué no somos tan solidarios con los 4 millones de desplazados que hay en el país?
Es gente que de un día para ha perdido su casa, su fuente de empleo y en la mayoría de los casos algún familiar. Hay miles de niños huérfanos no por un terrible movimiento de la tierra sino por las balas. Una familia desplazada llega cada hora a Bogotá. ¿No es esa una cifra aterradora? ¿No es una situación que debería movilizarnos a todos?

La tragedia de los desplazados es una realidad deliberadamente ignorada. Sólo cuando irrumpen nuestra cotidianidad en un bus, en una esquina o tomándose un parque de la capital nos acordamos de su existencia, eso sí, siempre lejana a la nuestra. Podemos imaginarnos ser víctimas de un terremoto, pero ¿ser desplazados? No, eso no, eso es para los que hacen parte del conflicto armado.

Es fácil comprar un mercado y sentir la satisfacción inmediata del deber cumplido, es mucho más difícil revisar nuestra historia, nuestra realidad. Ver que la comodidad de muchos significa la miseria de otros. Que el poder ir a la finca gracias a la tan proclamada seguridad democrática significa la inseguridad para otros, significa también menos acceso a salud para muchos y menos cobertura de la educación pública. Es más fácil ignorar a los más de 4 millones sin techo de este país y sufrir por los de Haití.

sábado, 14 de noviembre de 2009

de mi hermano

No escribo mucho últimamente por aquí, creo que durante este año he concentrado todas las energías creativas en la tesis. Por ahora sigo dejando videítos para mantener vivo este lugar.
Aquí está la última canción de mi hermano en concierto hace una semana. Es preciosa!!!
Bueno, yo creo que lo es, ya juzgarán ustedes mismos.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Algo de Chaplin

Estaba viendo una película, The good Life (2007); me gustó, bonitos personajes, bonita historia y linda banda sonora. En una de sus escenas mostraban un fragmento de El Gran Dictador de Chaplin dando su discurso final. No sé si lo recuerden, así que aquí lo pongo porque es bellísimo y tristemente muy actual.

miércoles, 14 de octubre de 2009

buscando entender el otro lado

Estoy viendo una entrevista a la esposa del General Plazas Vega. Habla sobre el juicio que se está llevando contra su marido por los desaparecidos del palacio de justicia. Ella lo defiende, dice que es un hombre que sólo le sirvió al país, que combatió al narcotráfico y a los terroristas de la guerrilla; que es inconcebible el trato que se le está dando a su marido como si fuera el peor criminal y que por esto él se encuentra muy afectado emocionalmente.
Dice también que el ejército sacó a los trabajadores de la cafetería para protegerlos, que cómo se le ocurre a la gente pensar que el ejército iba a matar a la gente inocente de la cafetería, y que no entiende por qué las familias de los desaparecidos culpan al ejército en vez de culpar a los terrorista del M-19.
Mientras la escucho hablar me preguntó, si hablara desde el cinsimo sabiendo la culpabilidad de su marido. Pero no, no me parece, creo que más bien habla desde el convencimiento de la ignorancia. Desde la estrechez de pensamiento de los que nunca se han atrevido a mirar más allá de su propia vida.